Cisco Merel. Calle 12. Colón

 Una intervención urbana que devino en reflexión comunitaria.
Una comunidad que alegaba abandono estatal se oponía rotundamente a la intervención en la fachada de un edificio que pertenece al Banco Hipotecario, en la Ciudad de Colón, Panamá en marzo de 2016.

Ese día conciliamos. Los vecinos buscaban la reparación de la fachada, de las goteras, de la humedad… Del ‘abandono’, en general, en el que se han visto sumidos desde siempre.

Conversamos.

La comunidad, los artistas y la organización, estuvimos reunidos en un kiosco contiguo que sirvió como escenario de reflexión. Comentamos el propósito de la realización de una pieza artística de gran formato y el portal inmensamente rico en posibilidades que se abre, tras la apropiación artística de espacios no – convencionales, como lo sería un museo o una galería, por ejemplo.

En toda esta experiencia hay que destacar la horizontalidad con la que el artista Cisco Merel se relacionó con la comunidad. Lejos de tecnicismos y palabras distantes, Cisco entrega calidez en toda su integridad como artista, como panameño y más importante que nada, como ser humano.

Reflexionamos al respecto de la funcionalidad del arte. O más bien, acerca de su no-funcionalidad; si acaso su inutilidad, en cuanto a que el arte como tal no tiene un objetivo o un propósito diferente del reaccionario. Existe en sí mismo para hacernos imaginar y cuestionar al respecto de todo aquello que en la vida sea imaginable y cuestionable. Finalmente, tras la charla con la comunidad, la obra de Cisco incluiría aparte de la pintura y el aerosol, una macilla especial para resanar las partes más averiadas de la pared.

Algo que es  absolutamente necesario notar tiene que ver con las pulsiones que nos movilizan a unirnos en grupo y luchar por causas comunes. A pesar de que inicialmente hubo indignación por la escogencia de esa fachada para alojar la obra de gran formato que Cisco propuso, varias cosas interesantes sucedieron además:

Al lado de la pared intervenida, un grupo de niños organizaba los dibujos ya terminados, resultantes del taller que improvisamos dada la alta afluencia de público infantil. Dos niñas recibían todos los dibujos, sujetándolos con suma delicadeza y ubicándolos en un orden específico, que a obedecía a alguna lógica indiscutida. Ladeaban la cabeza, y reacomodaban uno y otro dibujo, hasta estar satisfechas. Posterior a esto, ubicaron uno a uno los dibujos pegándolos con cinta en una pared. Fijándose meticulosas que estuvieran paralelos, que no se chocaran entre sí y que respetaran el orden previamente establecido.

Curaduría, ahí mismo sin más. Arte legitimado bajo la mirada de dos curadoras innatas que propusieron una narrativa ahí mismo, sin parámetros previos, sin estudios. ¿Qué motiva un hecho semejante? ¿Bajo cuáles premisas es establecido el diálogo entre los dibujos y cómo es que instintivamente, estas dos niñas intuyen la supervisión, el diseño y el control de la exhibición de dibujos resultante? Sólo es posible llegar a una actitud o pensamiento creador, haciéndolo… La expresión es siempre acción, un hacer, un construir. El arte, si acaso tiene una funcionalidad va a estar directamente relacionada con la transformación de la visión que se tiene sobre la condición humana. La puerta que abre la creatividad no la cierra una idea antepuesta de ‘abandono estatal’ sobre la cual se adormila una comunidad que espera una resolución paternalista y complaciente. No, la creatividad abre puertas e ilumina con ideas las infinitas maneras de narrar, de contar que habitamos este momento presente en este preciso lugar. Que existimos. Que estuvimos aquí y que cantamos o pintamos.

Hay algo anterior a la teoría y tiene que ver con la búsqueda de la gracia presente en la simetría y en el equilibrio; surge imperceptible en la experiencia y se desborda en la repetición. Eso que la intuición brinda es aprendizaje directo de la fuente, indeleble y perpetuo.

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